"Buscando relajarme me tomé unas vacaciones” en una ciudad alejada, Claromecó. Se estaba organizando una fiesta con varias personas. Estas comenzaron a llegar, unos con bebidas y otros con el postre. Todos se acomodaron alrededor de la mesa, todo estaba muy bien decorado, los patos se veían exquisitos.
De repente el vino blanco se había terminado, un invitado, Germán, va hacia la bodega. Baja las escaleras, abre la puerta y ve que hay algo extraño detrás de la heladera. Mira y había un pequeño pasador y una llave colgada en la pared. Esta persona entrometido abre el pasador con la llave y ve que hay un cuarto secreto. Pasa y se queda encerrado, ya que del lado de adentro no tenía como abrir.
Luego de dos horas, el dueño de la casa, Gerardo, se da cuenta que uno de sus participantes no está en la fiesta. Lo busca por las diferentes habitaciones, los baños y no lo encuentra. Rápidamente recuerda que había bajado por un vino a la bodega. Va hacia allí y lo encuentra sentado en el piso, agotado y transpirado por la falta de aire en esa habitación pequeña. Volvieron los dos a la fiesta con varias botellas de vino. Nadie supo que el entrometido había tomado un relicario que estaba sobre una mesa. Al otro día, a este se le comenzó a caer el pelo y algunos dientes. No podía creer lo que le estaba pasando. Ese relicario robado era el causante de sus males.
Al otro día, al no poder esperar más, sale de su casa tapado, para que no lo vean en ese mal estado que tenía. Roberto fue hacia la casa de Gerardo. No se encontraba en su casa. Recorrió todo el lugar y encontró una ventana abierta, entró y se dirigió hacia la bodega bajo de las escaleras. Corrió la heladera de vinos, esta vez recordó que la puerta se cierra y no se puede abrir desde adentro. Entra, pone una silla y deja el relicario sobre la mesa, justo de donde lo había tomado. Sale sin hacer mucho ruido y se va hacia su casa a encerrarse. Pasan los días y no encuentra más pelos o dientes caídos. Gerardo nunca se enteró que el relicario volvió a su lugar.
Finalmente, Roberto aprendió que no hay que tomar objetos sin permiso. Y que por ser entrometido pasó una las peores situaciones de su vida.
¿Hay algo mejor que sentarse al final del día y beber vino con amigos, o un sustituto de amigos? Un buen vino se comparte. Vinoteca “Vinos de Autor”, Claromecó, en calle 9, Provincia de Buenos Aires.
De repente el vino blanco se había terminado, un invitado, Germán, va hacia la bodega. Baja las escaleras, abre la puerta y ve que hay algo extraño detrás de la heladera. Mira y había un pequeño pasador y una llave colgada en la pared. Esta persona entrometido abre el pasador con la llave y ve que hay un cuarto secreto. Pasa y se queda encerrado, ya que del lado de adentro no tenía como abrir.
Luego de dos horas, el dueño de la casa, Gerardo, se da cuenta que uno de sus participantes no está en la fiesta. Lo busca por las diferentes habitaciones, los baños y no lo encuentra. Rápidamente recuerda que había bajado por un vino a la bodega. Va hacia allí y lo encuentra sentado en el piso, agotado y transpirado por la falta de aire en esa habitación pequeña. Volvieron los dos a la fiesta con varias botellas de vino. Nadie supo que el entrometido había tomado un relicario que estaba sobre una mesa. Al otro día, a este se le comenzó a caer el pelo y algunos dientes. No podía creer lo que le estaba pasando. Ese relicario robado era el causante de sus males.
Al otro día, al no poder esperar más, sale de su casa tapado, para que no lo vean en ese mal estado que tenía. Roberto fue hacia la casa de Gerardo. No se encontraba en su casa. Recorrió todo el lugar y encontró una ventana abierta, entró y se dirigió hacia la bodega bajo de las escaleras. Corrió la heladera de vinos, esta vez recordó que la puerta se cierra y no se puede abrir desde adentro. Entra, pone una silla y deja el relicario sobre la mesa, justo de donde lo había tomado. Sale sin hacer mucho ruido y se va hacia su casa a encerrarse. Pasan los días y no encuentra más pelos o dientes caídos. Gerardo nunca se enteró que el relicario volvió a su lugar.
Finalmente, Roberto aprendió que no hay que tomar objetos sin permiso. Y que por ser entrometido pasó una las peores situaciones de su vida.
¿Hay algo mejor que sentarse al final del día y beber vino con amigos, o un sustituto de amigos? Un buen vino se comparte. Vinoteca “Vinos de Autor”, Claromecó, en calle 9, Provincia de Buenos Aires.

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